A primera vista, un ensayo de teatro y un ensayo de coro parecen mundos completamente distintos. Pero si miramos con cierto grado de abstracción, hay similitudes que vale la pena explorar. En este episodio me baso en El espacio vacío de Peter Brook, un libro sobre el trabajo teatral que tiene mucho para aportar al ensayo coral.
Brook describe el primer día de ensayo teatral como "la conducción de un ciego por otro ciego": nadie sabe hacia dónde va, ni siquiera el director. La obra se construye entre todos y el material surge en buena medida de lo que el actor va creando sobre la marcha. La improvisación es una herramienta central.
En el coro esto es estructuralmente imposible. Tenemos una partitura escrita, con notas, ritmos, armonías y texto. El fraseo, el tempo, el color no son decisiones individuales de cada cantante. Si cada uno decidiera qué tan fuerte cantar o qué tipo de rubato hacer, el resultado sería un caos. El cantante no improvisa una frase melódica como un actor puede improvisar una escena.
La creatividad del director coral también opera dentro de un marco muy delimitado: la obra, el compositor, el estilo y las convenciones interpretativas vigentes.
Cantar una obra es un acto de recreación. La partitura no cambia, pero lo que el coro hace con ella cada vez que la canta sí puede cambiar. Es imposible hacer dos veces exactamente igual una misma obra porque no somos máquinas. Y una misma obra interpretada por diferentes coros tampoco va a sonar igual.
Brook dice que la repetición es el único modo de dominar ciertos ejercicios, y que quien la rechaza se niega a sí mismo algunas zonas expresivas. En el coro pasa lo mismo: no hay manera de fijar una entrada difícil, asegurar una afinación o trabajar la expresión de un pasaje sin repetir. (Le dediqué un episodio entero a este tema: el episodio 188, "El infierno de la repetición".)
Pero Brook también advierte sobre los peligros de la repetición. Dice textualmente: "la repetición lleva en sí las semillas de la decadencia". En el coro, la repetición mal manejada mata la frescura del sonido, y lo que es peor: en lugar de fijar un aprendizaje, puede fijar un error. Un pasaje cantado diez veces mal no se corrige solo. Solo automatiza las imprecisiones.
Brook señala que en muchos idiomas la palabra "interpretar" es la misma que "jugar": to play en inglés, jouer en francés, spielen en alemán. En la música coral hablamos de "recrear" una obra. Y recrear también significa jugar, de ahí la palabra "recreo".
Es en este punto donde el juego aparece como la herramienta que puede llevarnos de la repetición a la interpretación sin perder la frescura. Brook escribe que "una sesión de juegos en común da positivos resultados, puesto que amplía el grado de confianza y amistad".
No es lo mismo repetir un pasaje difícil con la idea de "vamos a repetir hasta que salga" que repetirlo con la idea de "vamos a probar distintas maneras de resolverlo a ver qué pasa". Podemos repetir el mismo pasaje diez veces, pero si lo hacemos con un sentido lúdico —exagerando los extremos, cambiando el texto, jugando con las vocales o con movimiento corporal— es probable que encontremos la solución técnica en un clima de cercanía y confianza.
Brook lo dice así: "la calidad del trabajo realizado en cada ensayo deriva por entero de la creatividad del ambiente de trabajo." Si el clima es de juego, la repetición deja de sentirse como una corrección constante y empieza a sentirse como una exploración.
Estas son las ideas concretas que podemos tomar del teatro para el ensayo coral:
Brook termina su libro con una frase que vale tanto para el teatro como para el coro: "Interpretar requiere mucho esfuerzo, pero en cuanto lo consideramos como juego deja de ser trabajo."